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16/07/2017 -  tiempo  8' 10" - 325 Visitas Columna de opinión Del optimismo al miedo
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Según un sondeo, la sociedad viene perdiendo confianza en el gobierno.
La sociedad viene perdiendo confianza en el gobierno. Un estudio de la consultora Isonomíaìa establece los tiempos y proporciones: en mayo y junio aquella percepción declinó 10 por ciento. Es difícil establecer una razón exacta del descenso. Se combinan cantidad de factores. Se trata de un rompecabezas difícil de compaginar para Cambiemos. Se trata, además, de una dificultad en el momento en que despega la campaña electoral. Aquella pérdida de confianza, según el trabajo, tendría relación con tres factores. Ha declinado el optimismo, la visión colectiva expectante sobre el futuro. Un capital que el gobierno administró con eficacia en sus 17 meses de poder. También cayó la valoración de la gestión global. Y la imagen, tres puntos, del propio presidente Mauricio Macri. Un racimo de señales inquietantes. Por Eduardo van der Kooy

La valoración política del propio trabajo de Isonomía y los estrategas oficiales, coincidiría en que el gobierno se encamina hacia las PASO en un estado de cierta fragilidad. La misión de la campaña, según aconsejó Jaime Durán Barba en la ronda de reuniones de la semana pasada, tendrá como objetivo prioritario revertir tal apreciación. Trazó tres directrices: que la administración deje de incurrir en errores pueriles, como ocurrió con el manejo de las pensiones a los discapacitados; que copen la parada pública los dirigentes de mayor musculatura aunque no sean candidatos, como Macri, Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal, amén de Elisa Carrió y Graciela Ocaña; que se machaque con el pasado kirchnerista aunque sin convertir e Cristina Fernández en el centro gravitante de los mensajes.

Aún cuando la pérdida de confianza en el gobierno se adjudica a varios factores, sobresale uno insoslayable. La persistencia de la inflación que corroe la capacidad de consumo. Las imágenes de multitudes aguardando comprar por una promoción de importante descuento del Banco Provincia espantaron al macrismo y sus aliados. Fue la espuma de una necesidad básica que asoma insatisfecha en algunos sectores. Un gran éxito institucional de Macri ha sido la reconstrucción del Indec. Pero el organismo, que conduce Jorge Todesca, no arrima buenas noticias. Lo admitió el propio responsable. La realidad no da todavía para otra cosa.

El asunto repuso tensiones con el equipo económico y con el Banco Central. El gobierno se resignó a aceptar, por diagnósticos iniciales errados, que se votará casi sin una reactivación. Pero pensaba llegar con una tendencia en baja estable del índice de los precios. Mayo y junio fueron en esa dirección. Pero la incertidumbre regresa por el mes en curso.

Hay otras cuestiones que también fueron presentadas como emblemas de Cambiemos que el tiempo ha desteñido. La reparación histórica de los jubilados viene teniendo bastante menos efecto del imaginado. Ese beneficio llega sólo al 40 por ciento de la clase pasiva. El promedio de los incrementos (24 por ciento) está por debajo de lo prometido. Los juicios no menguaron. Al contrario: se iniciaron otras 12 mil causas por reajustes.

Pese a esas desventuras los números electorales en barbecho no resultan despreciables para Cambiemos. Al menos en los dos distritos principales. En la Ciudad ninguna ponderación está por debajo del 40 por ciento. El triunfo suena descontado. El enigma consiste en su volumen. La cuestión será Buenos Aires donde se juega el valor político clave de las legislativas. La consultora Isonomía estableció en su primera medición con la campaña en marcha que Cambiemos y el Frente de Unidad Ciudadana merodean los 26 puntos. Ninguno todavía alcanza el tercio. Sergio Massa asoma 10 puntos más abajo. Pero existe un dato significativo: más del 25 por ciento no posee aún una decisión tomada.

Durán Barba, por su parte, ha realizado otro trabajo minucioso y parcial que desmenuzan Vidal y su equipo. El resultado, en este caso, ubicaría a las dos fuerzas principales por ahora en un tercio. Con una luz de un punto de Cristina y Jorge Taiana respecto de Esteban Bullrich y Gladys González. El ecuatoriano lejos está de desesperarse por esa desventaja. Confía en la capacidad de atracción de los menos conocidos. Entre ellos, el ex ministro de Educación.

Aquella encuesta bonaerense fue realizada en 36 municipios que representan alrededor del 80 por ciento del padrón provincial. Es decir, se tomaron las poblaciones con mayor densidad. Se hizo una disección equivalente entre los distritos donde gobierna Cambiemos y aquellos en poder del kirchnerismo. En todos los casos se logró verificar la tendencia de triunfo de los oficialismos. Algo auspicioso para el gobierno. Sobre un total de 135 distritos, Cambiemos gobierna en 69 y el Frente de Unidad Ciudadana en 41. Aunque nada resulta lineal. En Mar del Plata, por ejemplo, el kirchnerismo saca clara ventaja. Se trata de una ciudad del interior con mucho peso que el PRO obtuvo en 2015. Pero la administración ha sido mala. No por casualidad Cristina resolvió arrancar su campaña a orillas del mar. Por allí también se lo ve con recurrencia a Daniel Scioli, quinto precandidato a diputado. El ex gobernador hizo buena parte de su carrera deportiva teniendo como vidriera a aquella ciudad. También volcó fondos millonarios en sus dos mandatos para animar cada temporada de verano.

Al gobierno, con esa realidad a la vista, se le ha disipado el optimismo que portaba desde comienzos de año. No hay ahora pesimismo. Aunque si una cautela pronunciada. “La elección será de palo y palo”, confesó un relevante ministro del gobierno de Vidal. El mismo funcionario presume, como la mayoría de los encuestadores, que la fotografía de las PASO de agosto tenga quizás un reflejo distinto en octubre. ¿Qué querría decir?. Que la horizontalidad inicial podría virar en una polarización. Acicateada por la presencia de Cristina.

Lo que no queda en claro todavía, más allá de la nueva moderación, es si el gobierno se ha tomado un tiempo para planificar el día después de los comicios. Es verdad que los resultados serán determinantes. No es menos cierto que en cualquier alternativa, victoria o derrota, requerirá de alguna estrategia para continuar. En el primer caso, para progresar con reformas de fondo que ayuden a recuperar la economía y no apague el porcentaje de expectativas que conserva en la sociedad. En el segundo, para garantizar la gobernabilidad y cumplir, quizás, con su papel de gobierno de alternancia o de transición.

Ya existieron anticipos de las dificultades que se avecinan. El Senado fue escenario de una disputa interna en el bloque del FPV cuando su jefe, Miguel Angel Pichetto, acordó con el oficialismo tratar la aprobación de una tarjeta aplicada a los beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo (AUH). Se le plantaron el tucumano José Alperovich y el formoseño José Mayans. La punta de un iceberg que con la hipotética presencia de Cristina en la Cámara se extendería, probablemente, a los senadores de Chubut, La Pampa y Chaco. Esa es una de las amenazas en ciernes.

Salvo una catástrofe, el protagonismo de la ex presidenta en el Senado está asegurado. Pero la onda expansiva que podría generar sobre el peronismo no resultaría igual si gana o si pierde. De allí la trascendencia que para Cambiemos y también la oposición encierra el desenlace en Buenos Aires. Al Gobierno no sólo le espera la economía en los dos años que le restan. También progresar sobre la regeneración institucional que fue una de sus soportes en el 2015. Ha podido hacer, en ese campo, bastante poco.

Tal morosidad respondería a dos motivos. Cristina tejió una madeja en sectores del Poder Judicial antes de retirarse. Con esa protección vivió un año y medio sin fueros. Ahora va en busca de ellos porque una victoria del Gobierno la comprometería. El otro problema radica en la porosidad de Cambiemos que nunca logró transformar su identidad como alianza electoral en otra de gobierno. Ya está de nuevo a pleno en su única versión, ante la cercanía de las elecciones.

El recuento de estos 17 meses parece elocuente. Macri sólo logró alejar –por renuncia voluntaria—al juez Norberto Oyarbide. No logró suspender en el Consejo de la Magistratura a Eduardo Freiler. La idea de un castigo para Daniel Rafecas se alejó. Tampoco consiguió apartar de aquel organismo al representante K, el senador Ruperto Godoy, objetado por no ser abogado. Fue y vino varias veces en la búsqueda de fórmulas para desplazar a Alejandra Gils Carbó. Sus ensayos fracasaron. La disputa permanece ahora en un terreno de batalla política y verbal. Pero la Procuradora continúa intocable. Incluso salió como nunca a desafiar. Comparó a Macri con Nicolás Maduro, por el cotidiano avasallamiento que el caudillo de Venezuela somete a la Fiscal General de ese país, Luisa Ortega Díaz.

El gobierno se propuso acotar las facultades de la Procuradora con un proyecto de ley que jamás prosperó. Amagó con una destitución por decreto maquinada fuera de tiempo. Agita un supuesto juicio político para el cual carece de número en el Congreso. Acaba de renovar su ofensiva, con la participación del mismo Macri, para ver si Gils Carbó resulta finalmente permeable a las presiones y renuncia. Una quimera.

Nunca tanto zigzagueo puede llegar a buen destino. Transunta, además, una inocultable sensación de impotencia. Esa imagen es la que el Gobierno debería borrar con el resultado electoral. Para varias cosas. Entre otras, evitar que los jueces se sienten a tomar el té en Comodoro Py y olviden la parva de causas sobre la corrupción kirchnerista.

Fuente: Clarín
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