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05/11/2016 -  tiempo  19' 37" - 20154 Visitas Lo que Puíggari tampoco ve: la tortura física y psicológica a carmelitas descalzas en Nogoyá El convento del sufrimiento
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Las carmelitas descalzas de Nogoyá, entre el martirio, la humillación y la tortura física y psicológica.
Las carmelitas descalzas del convento de Nogoyá sufren torturas físicas y psicológicas, aunque nadie de la Iglesia lo quiere reconocer. La información fue corroborada por ANALISIS, tras una investigación periodística que se extendió por casi dos años y que comprendió a ex religiosas, familiares de estos y profesionales de la salud de la mencionada localidad. Hay castigos permanentes; es habitual el uso del látigo y el cilicio para auto flagelarse; hubo casos de desnutrición y existe una estricta prohibición “de no hablar” de lo que sucede. Varias de las ex monjas están con tratamientos psicológicos en Entre Ríos o Santa Fe, por las secuelas que tuvieron. El arzobispo de Paraná, Juan Alberto Puíggari -quien debe ejercer la autoridad sobre el convento- nunca hizo nada para revertir la situación, pese a que viene tomando conocimiento de los excesos que se cometen. Tampoco se ocuparon, en sus mandatos, ni Estanislao Karlic ni Mario Maulión.
Daniel Enz

Nunca pudieron abrazar a un familiar. Tampoco darle la mano. Una de ellas no pudo ver a su padre por diez años, porque se había divorciado de su madre y por ende era “un pecador público”. Nunca se pueden mirar a un espejo porque es símbolo de “vanidad” y si alguna de ellas intenta ver su reflejo en el vidrio de alguna ventana, habrá un inmediato castigo. Hubo veces que solamente se podían bañar una vez cada siete días. Todas las semanas, como práctica habitual, hay que auto flagelarse desnuda, pegándose en las nalgas con lo más parecido a un látigo, pero con varias puntas y durante 30 minutos. El escarmiento comprende también vivir a “pan y agua” durante una semana; el uso del cilicio en las piernas, por varias jornadas, como sacrificio o bien la colocación de una mordaza en la boca, durante las 24 horas y por espacio de siete días. En cada visita de un familiar, siempre hay una monja “de testigo” para escuchar lo que se habla y no se permite conversar de “cuestiones mundanas”. Si ello sucede, de inmediato se avisa a la madre superiora y el castigo es la consecuencia directa. Todas las cartas que le llegan a las monjitas, son abiertas y leídas previamente. También se controlan las correspondencias que salen; con el agravante de que la mayoría de las veces, se las hacen redactar de nuevo y les dictan órdenes expresas sobre lo que pueden transmitir a sus familiares en esos escritos.

Ninguna de las monjitas se puede sacar una fotografía con su madre, padre o hermano, porque con la imagen “pueden hacer alguna brujería”. El castigo también comprende permanecer cerca de dos horas de rodillas, delante de otras, escuchando un duro sermón de la superiora. La atención médica es mínima y no existe la consulta psicológica. Seguramente nunca se enteraron sus conductoras religiosas ni en el Arzobispado de Paraná -de quienes depende el convento- de las agudas depresiones en las que cayeron quienes estuvieron allí y optaron por renunciar o de los intentos de suicidio de algunas de ellas.

Si se enferman o deben ser internadas, ningún familiar lo podrá saber. Y se acude al profesional de la Medicina en última instancia. Primero, habrá medicación de parte de las autoridades religiosas y si llegan al hospital San Blas, será por extremísima necesidad. Cada ingreso al nosocomio será idéntico: de noche, en forma casi clandestina y serán retiradas de la misma manera, en horas de la madrugada, antes del amanecer.

Parece una postal con prácticas medievales, pero no es así. Sucede a no más de 100 kilómetros de Paraná. Más precisamente en el convento de las Carmelitas Descalzas de Nogoyá y nadie de la comunidad conoce realmente lo que sucede allí, por el “voto de silencio” al que están obligadas a cumplir cada una de las 18 religiosas (eran 23 hasta hace unos pocos años) que allí se encuentran. La mayoría ingresó con 18 años al convento, pero hubo algunas que lo hicieron a los 16, por lo cual tuvieron que hacerlo con permiso de sus padres. Tampoco saben lo que pasa puertas adentro sus familiares directos, precisamente por ese pacto de confidencialidad absoluta.

Desembarco, torturas y silencio

El convento de las Carmelitas descalzas está en Nogoyá desde principios de octubre de 1991. Es un desprendimiento del monasterio ubicado en Concordia y fue fundado -con el aval del entonces arzobispo de Paraná, monseñor Estanislao Esteban Karlic, de quien dependían de modo jerárquico- por varias hermanas que se encontraban en ese lugar de la provincia. Hay otro convento similar en Gualeguaychú pero, al igual que el de Concordia, no tienen la misma rigurosidad que el de Nogoyá.

Llegaron a ésta última ciudad encabezadas por la hermana María de los Angeles, cuyo nombre verdadero era María Elena Teresa De la Serna y era oriunda de San Isidro. Tenía un parentesco directo con Celia De la Serna, la madre de Ernesto Che Guevara, pero si bien varias no desconocían esa vinculación familiar, estaba absolutamente prohibido comentarlo. La hermanita -como le decían en diferentes ámbitos de Nogoyá, por su escasa altura- fue la primera en instrumentar medidas de castigo severas en el convento. “Las cosas que allí pasaban eran propias de una película de terror, pero nadie habla. Nos lavaban el cerebro; las torturas mentales y físicas eran moneda corriente”, dice una ex monja de un poblado cercano, mientras no oculta sus lágrimas al recordar la situación. “Traté de aguantar, pero llegó un momento que fue insostenible. Había una mortificación corporal permanente. Ellas nunca te pegan, pero te exigen que te hagas daño corporal, en nombre de Dios y que sufras como sufrió Jesús”, acota. “Hacerse daño en el cuerpo es una manera de sanar nuestra alma y evitar el infierno. La hermanita María de los Angeles era muy severa. Siempre impuso la mortificación corporal como forma de castigo. Siempre usaba un pasaje de la Biblia, del Evangelio, para ponerte en evidencia y someterte a la mortificación corporal. Decía algo así como: En nombre de Dios y para que tú vayas al cielo y no al infierno, ve a tu celda (el cuarto) a demostrarle lo que estás dispuesta a dar por él”, agregó.

La mencionada hermanita les pedía siempre que usaran el cilicio, que es una especie de cinturón de cerdas o púas, que se lleva en el muslo generalmente y es sinónimo de penitencia o mortificación. De hecho, en la década del ’60 lo impuso el entonces arzobispo de Paraná, monseñor Adolfo Servando Tortolo, en el Seminario de esta capital (ver aparte). “Usar el cilicio duele mucho y a mi me dejó marcas que tuve por más de un año en el cuerpo. Ellas nos decían: usen el cilicio que les ayudará para la disciplina y no hace daño. No produce sangre ni heridas; tampoco es traumático”. Se los hacían poner durante buena parte del día, en la pierna y debajo del hábito. En Cuaresma, la orden era usarlo todo el día, miércoles, viernes y sábado, pero había hermanas que tenían permiso para llevarlo más tiempo. Se les recordaban que ese elemento de penitencia había sido utilizado por recordados santos, como San Francisco de Asís, San Ignacio Loyola, la beata Teresa de Calcuta o el propio Papa Pablo VI. “Si ellos lo usaron, ustedes también lo pueden hacer”, les indicaba.

La ex monja recordó que cuando vio la película El Código Da Vinci se largó a llorar desconsoladamente. En especial tras esa escena del personaje de Silas, ese monje albino del Opus Dei, que practicaba la mortificación corporal y lo muestran usando un cilicio de metal y azotándose también con un látigo con puntas de metal: “En esa circunstancia entendí varias cosas a las que me vi expuesta, porque en el convento no las comprendía. Nunca entendí el nivel de perversión que había en mis superioras. Y lo que más daño hace es que todo el mundo las adore; las quiera; es como que los vecinos están bajo su hechizo. Pero es porque no sabe nadie realmente lo que sucede puertas adentro. Y el problema no es Dios, sino la gente que actúa en nombre de él, porque la tortura mental y física que hacen las monjas en su nombre es tremenda”.

--Es evidente que la hermana María de los Angeles te marcó mucho en tu paso por el convento.
--Una vez me llamó a su escritorio por un episodio absurdo. Recuerdo que yo lloraba y me decía que era vergonzoso que derramara lágrimas por algo así, cuando Jesús se había sacrificado por nosotros. Me dio un discurso tortuoso, como de una hora, para terminar diciéndome que no era para mí lo de ser religiosa y que si hablaba sobre lo que ocurría en el convento me iba a morir en el infierno. Me lavó tanto la cabeza que me hizo creer que era un problema mío el no poder pertenecer a esa congregación. Hoy por hoy puedo darme cuenta que allí hay síntomas de locura preocupantes.

La hermanita María de los Angeles falleció el 30 de agosto de 2012, a los 84 años y fue sepultada en el cementerio propio del convento, allí ubicado, tras una misa oficiada por el arzobispo actual de la capital entrerriana, monseñor Juan Alberto Puíggari. La Madre María de los Angeles había resignado su poder de conducción tiempo antes de fallecer (no se presentó más a la votación que se hace una vez cada tres años, entre las hermanitas del lugar) y el convento quedó en manos de la Madre María Isabel, cuyo nombre verdadero es Luisa Toledo, oriunda de Concordia. La religiosa siempre fue considerada “más dura” que su antecesora y mucho de ello se lo atribuye a la dura vida que tuvo. A los 6 años falleció su madre de tuberculosis y fue criada en un internado de monjas, también algo enferma y alejada de su padre. O sea, nada cambió en el monasterio. Al contrario: los castigos se profundizaron con la Madre María Isabel.

El convento del Carmelo ocupa una amplia manzana en Nogoyá. Está rodeado de muros altos como de dos metros, con alambres de púa en el extremo superior, como si fuera una cárcel. El inmueble tiene un amplio campo, donde se ubican el cementerio, el jardín y la huerta. Hay dos casas grandes: una es una capilla y otra la residencia de las carmelitas.

La fachada principal da a calle Illia 918. El mural de ladrillos rojos contrarresta con la puerta de dos hojas de hierro negro con rejas en punta. Al lado de ésta hay un timbre por el cual responde una carmelita con voz joven y le indica que hay que ingresar caminando derecho hacia un hall por el cual atienden al visitante a través de un denominado torno, que es una armazón giratoria compuesta de varios tableros verticales, que se ajusta al hueco de una pared y sirve para pasar objetos de una parte a otra, sin que se vean las personas que los dan o reciben. Se entiende que en un convento como el de Nogoyá es el separador de la clausura y el exterior. Esta habitación tiene tres paredes pequeñas, de un metro y medio o dos. Una pared tiene una portezuela de madera corrediza que te lleva al locutorio; otra es una puerta de madera amplia de dos hojas, donde se puede imaginar que va a la residencia de las carmelitas propiamente dichas. En la tercera pared está el torno. Y, para aclarar, la cuarta pared es la puerta de ingreso a esta habitación, donde se observa una cámara de seguridad que va monitoreando toda la situación.

Luego de atravesar la puerta de entrada del lugar y en dirección al hall, uno pasa por lo que puede ser el patio principal del monasterio. Más allá del hall de recepción, no se puede ver. El visitante ingresa al hall y se encuentra con una cámara filmadora en un extremo del techo, inmediatamente la voz de una carmelita dice: “Ave María Purísima” y aclara que pasará a través del torno una llave. Y con ésta se podrá abrir el locutorio. En ningún momento se le ve el rostro o la mano a la carmelita: sólo se escucha su voz a través del torno.

El locutorio es una habitación pequeña, cuadrada que tiene tres paredes blancas impolutas y la cuarta es una reja negra gruesa. Allí hay un cartel que dice: “Hermano, una de dos: o no hablar o hablar de Dios”. Era la regla básica que había que cumplimentar cada vez que un familiar llegaba para saludar a una monjita, a la que podía ver a cierta distancia y siempre con la presencia de una religiosa “como testigo”, para escuchar todo lo que se dialogaba. Pero no solamente oía; también hacía acotaciones e interrumpía los diálogos para hablar de las virtudes de la casa religiosa. Y si alguien se molestaba, de inmediato les mostraba la frase del cartel del lugar.

A través de esta reja se puede ver una habitación en la que se pueden ubicar las carmelitas. Ellas se sientan allí en banquetas de manera pequeñas y escuchan a las personas, hablan con ellas, pero nunca hay contacto físico. El lugar tiene una luz muy tenue y es frío; no hay calefacción a pesar de que es invierno.

En el locutorio no hay muchas cosas. Del lado del “visitante” sólo existe una mesa con dos sillas y una vitrina, en donde se exponen las imágenes que las carmelitas descalzas hacen. Detrás de la reja negra gruesa, uno puede ver que hay un altar de la Virgen María y luego nada más que las seis banquetas de madera pequeñas.

El lugar está limpio. El aroma que se siente es impersonal. Es muy silencioso el convento; no se escucha nada. Sólo se oye cuando se mueve el rosario que cuelga de la cadera de la madre superiora o de la hermana sobre el hábito. No más que eso. Las monjitas estaban autorizadas a recibir una vez por mes a sus familiares, pero si alguna de ellas estaba castigada podía verla cada 60 días. Pero nadie le avisaba a ese familiar de la sanción; simplemente se enteraba una vez que estaba en el lugar. Algunas veces, familiares directos de las carmelitas se encontraban con el desaire y condena de las autoridades del convento: nadie que estuviera separado o que tuviera algún hijo extramatrimonial, podía ver a la religiosa. Y eso motivaba incluso un castigo para la monjita o bien era obligada a redactarle una carta personal a su padre o a su hermano, fustigándolo severamente por su forma de vida. Todo era “en nombre de la obediencia”.

El día que se enteraron que había nacido el hijo de su cuñada, con la cual no se había casado, le prohibieron absolutamente que pudiera ver a su sobrinito o a su hermano. Tuvieron que pasar cuatro años para que ello ocurriera, cuando la monjita se fue del convento.

Elecciones, soledad y dudas

La joven es oriunda de una localidad de Paraná Campaña. Pasó más de una década encerrada en el convento. Nunca terminó de recuperarse del daño psicológico y físico que le provocó en su vida ese paso por la casa de Dios. Le cuesta manifestarse. De hecho, tardó casi dos años en hablar con ANALISIS, después de aquél primer contacto, a principios de 2014 y varios intentos fallidos en meses posteriores. Cuando narra lo sucedido, se angustia. Tiemblan sus manos y sus labios. Caen sus lágrimas y mira para abajo, como pidiendo perdón por la situación. Toma aire y retoma la conversación. “Creo que no son conscientes del daño que provocan. De lo mal que hacen sentir a quienes ingresamos al convento, pensando que nos encontraremos con otra cosa”, dice, mientras trata de organizar su relato.

--¿Y por qué nadie se entera de lo que sucede realmente? -se le preguntó.
--Porque existe el voto de silencio y se cumple a rajatablas. Aún después de haber renunciado a ello, nosotras seguimos pensando que estamos allí y no decimos nunca nada. Cuando el voto de silencio es hasta que nos retiramos del convento y no por toda la vida.

--¿Y por qué tampoco se enteran los arzobispos?
--Porque cuando llegaba el arzobispo Maulión o Puíggari lo rodeaban de inmediato, le daban todos los gustos y estaba prohibido hacer una mueca o un gesto para que monseñor piense que hay algo irregular. Pero ninguno de ellos desconocía los abusos y excesos en el convento. Ellos recibieron denuncias concretas y contundentes de familiares directos y de ex monjas que se fueron a reunir a la sede del Arzobispado para ponerlos en conocimiento de las atrocidades que se cometen en nombre de Dios en Nogoyá.

Tanto los arzobispos Estanislao Esteban Karlic, como Mario Maulión o finalmente Juan Alberto Puíggari pasaron por el convento en los últimos 25 años. Iban a supervisar la elección de las autoridades del convento, lo que sucede una vez cada tres años y se transforma en un día de fiesta. Se elige la madre superiora o priora; la subpriora y las consejeras. El voto es secreto, pero las monjitas pueden “pedir consejo” días antes de las elecciones y por ende, de alguna manera, se digitan quiénes serán los elegidos. El arzobispo corrobora que estén todas las que tendrán que sufragar, pero no entra donde están las monjas.

La votación dura no más de una hora y cuando termina, es el obispo quien hace el conteo. A la ganadora, cada una de las hermanitas pasará y se pondrá de rodillas, para besarle el escapulario. El obispo ingresa a saludar a la elegida y luego se va. El resto de las autoridades se votará sin la presencia del alto prelado. No será necesario.

La jornada arranca muy temprano en el convento. Las carmelitas se levantan a las 5.30 de la madrugada. Cada una tiene su habitación de tres metros por tres, que se denomina celda. Allí tienen un catre con patas de hierro y una tarima de madera con un colchón de paja con chala de choclo. “Era incómodo para dormir, pero me acostumbré”, dice una de las consultadas por ANALISIS. De hecho, muchas de ellas tienen problemas para dormir por lo incómodo que resulta. En la pequeña habitación hay un lugar para guardar la ropa indispensable, una pileta para lavarse las manos y una mesa chica. Una ventanita que da al patio y una puerta de madera, que está prohibido cerrarla. No hay calefacción ni ventilación de techo. Y la ropa de abrigo de invierno es escasa. Como parte del martirio, durante las épocas de mucho frío les hacen usar sandalias sin medias o en el verano ropa de lana. Nadie puede guardar una fruta o galletitas o mate en la habitación. También estaban autorizados a contar con dos libros de religión, que podían leer en un determinado tiempo y devolverlo.

El baño no está allí, sino a escasos metros. Pero nadie se puede bañar sin autorización. En invierno hay veces que pasan una semana sin bañarse, por orden de la superiora. Cuando se autoriza, pueden hacerlo entre las 9 y las 10.30 de la mañana y deben coordinarlo, porque no son baños colectivos, sino individuales, pero son escasos los habitáculos, con relación al número de monjas. Antes se aseaban con agua fría solamente; pero eso cambió.

Van a la capilla a cantar; rezan y recién a las 7.30 desayunan: solamente una taza de mate cocido con leche y un pedazo de pan. Antes se podía tomar mate, pero con el tema de la gripe A dejaron de hacerlo. Se sientan todas juntas en el comedor donde no hay sillas con respaldo. Se volvían a reunir para almorzar en el comedor a las 11.40, después de las actividades de la mañana. Nadie puede comer carne de ningún tipo; solamente pescado, aunque los viernes. Por lo general comen lenteja, huevo y verduras de la huerta. El almuerzo, por lo general, es una tacita de sopa de verduras; una porción de tortilla u otra comida y luego un postre, que podía ser un pedazo de dulce de membrillo o una fruta. En la comida nadie puede hablar; hay una monjita que lee y las demás solamente están para escuchar.

Ese era también el lugar preferido de la madre superiora María Isabel, para impartir su castigo en forma colectiva, delante de todos, para hacer sentir la humillación, la mortificación corporal y evidenciar las consecuencias de una falta. Era una manera de amedrentarlas a todas las presentes. La castigada se tenía que arrodillar y escuchar por una o dos horas el sermón de la religiosa. El resto, solamente permanecía en silencio. El castigo podía continuar por algunas otras horas más. Antes las hacían arrodillar sobre maíz, pero eso se dejó de realizar. Muchas ex monjas vieron, con el tiempo, cómo aquella joven fresca, transparente, sociable y libre, en la congregación de las carmelitas se transformaban en retraídas, sumisas, obedientes, perdiendo totalmente su esencia.

La sanción también era estar a pan y agua en la habitación. Eso podía ser dos o tres días y no se permitía salir del lugar. “Pasaban y me dejaban una botellita de agua con un pedazo de pan”, recordó la ex monjita.

Nunca se enteraron nada de lo que ocurría en el exterior. La excepción fue la designación del Papa Francisco y, aunque parezca mentira, la acusación que se hizo desde ANALISIS contra el cura abusador Justo José Ilarraz, en septiembre de 2012. La madre superiora las reunía todos los días en el patio, en el recreo, para leerles, con detalles, las crónicas de esta revista o del sitio, en torno a las informaciones que se iban produciendo del caso. No estaba permitido hacer comentario alguno. Solamente manifestaba su preocupación por lo que se decía de los obispos Karlic, Maulión o Puíggari (“pobrecitos ellos”, repetía) y siempre había una especie de condena para los escritos de este periodista. “Hay que prepararse para el martirio”, repetía la superiora.

Esta es la penosa realidad de las Carmelitas Descalzas de Nogoyá, de las que poco se sabe -en especial en la propia comunidad de la ciudad- y donde el daño y la perversidad está instalado, pese incluso a lo que viene pregonando el Papa Francisco, totalmente opuesto a la continuidad de estas metodologías medievales. La justicia debería actuar de inmediato para preservar a las hermanitas que sufren a diario la mortificación, la tortura física y psicológica. Ya hubo demasiadas víctimas entre las que lograron salir del convento. Las secuelas son muy marcadas y difíciles de superar. Dos de ellas llegaron a hacer intentos de suicidio en los últimos años, como consecuencia de lo sucedido en el paso por el monasterio de Nogoyá. El arzobispo de Paraná, monseñor Juan Alberto Puíggari, la máxima autoridad del convento, debería preocuparse realmente de revertir lo que sucede. Familiares y ex monjas que se reunieron con él en los últimos años, le dieron un pormenorizado detalle de las atrocidades que allí se cometen en nombre de Dios. Pero nunca hizo nada. Y la pregunta es por qué nunca hizo nada y qué está esperando para revertir lo que sucede. Las víctimas esperan con ansiedad y dolor, que alguien haga algo, antes que sea demasiado tarde.

Notas: L.T.C. (desde Nogoyá).

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