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01/12/2010 -  tiempo  3' 44" - 4658 Visitas La puja judicial por los bienes del ex colaborador de Isabel Perón Herencia Ottalagano
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No aparecieron cuentas bancarias del abogado paranaense.
La justicia entrerriana lleva adelante un expediente por la sucesión del ex colaborador de Isabel Martínez de Perón, el paranaense Alberto Ottalagano. La puja judicial es por bienes inmuebles, ya que nunca aparecieron cuentas bancarias ni dinero en el exterior, pese a la activa participación que tuvo como abogado en la defensa del autor del crimen del general Prats, contratado por el propio ex dictador chileno, Augusto Pinochet. Más de una década después de su muerte, allegados al polémico abogado paranaense, Alberto Ottalagano, pujan por el control de sus bienes ante la justicia entrerriana. El ex colaborador de Isabel Perón murió en medio de la misma soledad que lo acompañaba cada vez que se sentaba en una mesa de café en Paraná. El aviso necrológico de su fallecimiento apareció extraviado en el diario La Nación del 24 de octubre de 1998, sin otra mención que la de su muerte y sepultura en el cementerio de la Chacarita de Buenos Aires, donde residía buena parte de sus semanas.

El diario Clarín de esos días fue quien mejor sintetizó sus últimos tiempos. La crónica decía: “Murió en su estudio de abogado, la noche del pasado miércoles, víctima de un síncope cardíaco, tras una circunstancial discusión por vía telefónica con un cliente. Tenía 73 años y arrastraba serios problemas de salud desde l996, fecha en la que sufrió un derrame cerebral, seguido de infarto y edemas pulmonares. Más averiada estaba, aún, su salud política: había quedado sólo, aislado por sus enemigos políticos -que se contaban por legiones- y por quienes compartían su extracción justicialista pero rechazaban su incondicional adhesión a la ideología fascista. Su gestión dentro del ámbito universitario, tras haber sido designado por el entonces ministro de Educación y Justicia, Oscar Ivanissevich, también mereció casi unánime repudio y resistencia.

Ottalagano, un experto abogado de gesto permanentemente estreñido, se declaró públicamente fascista, partidario de la ideología perpetrada por Hitler, a quien reivindicó ubicándolo en su particular escala de valores a la altura de Mussolini, Franco, y, sobre todo, su ídolo de entrecasa, el general legionario español Millán de Astray, permanentemente evocado en sus escritos. Ottalagano salió ileso de un atentado contra su vida, en agosto de l974, llevado a cabo en Villaguay (Entre Ríos), en cuyo marco perdieron la vida el propietario del hotel donde se alojaba y el autor del atentado, abatido por sus custodios. A lo largo de su actuación pública y en decenas de reportajes, diseccionó con voluntad caníbal el sistema democrático, poniendo énfasis en algunas de sus porosidades. Se lo consideró un ultraderechista infiltrado en el movimiento, pero, en los concretos datos de su historia, salta su participación activa en la resistencia peronista diezmada con la fallida intentona del general Valle, en 1956. Exhortaba al peronismo a convertirse en el acristianamiento más puro del fascismo, al tiempo que juzgaba que esa doctrina constituye la afirmación viril de la catolicidad, utilizando un vocabulario de cruzado. Obvio, Ottalagano se dibujaba como nacionalista y católico, negaba acusaciones de antisemitismo y mostraba rasgos paranoides en torno de la subversión marxista.

Afirmó que la Universidad, antes de su gestión, era una suerte de campamento guerrillero, un campo de entrenamiento de subversivos y se ufanó de haber perseguido y expulsado a quienes sustentaran una ideología antinacional. De expresión malhumorada, dueño de una voz potente, rica y engolada, jamás sonrió en público. El rasgo dominante de su rostro fue la boca, un garabato que le cruzaba la cara. En los últimos años se vio beneficiado por el silencio descalificatorio que le impusieron quienes fueron sus compañeros. Lo calificaron de medieval, cruzado de opereta, aristocratizante o cazador de brujas, al tiempo que también la derecha -incluidos los sectores ortodoxos- se distanciaron de su pregonada ideología. Convivió durante 40 años con Ana María Suba, con quien se había casado hace un mes. Su hija, María Eva, aseguró que murió por un nuevo desencanto. No tenía fortuna, jubilación ni cobertura médica, después de haber trabajado, durante décadas, como asesor privado de Juan Domingo Perón. Sus restos serán velados, a cajón cerrado, en Salguero 359 y serán inhumados en el cementerio de la Chacarita.”

(Más información en la edición gráfica de ANALISIS de esta semana)
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